jueves, 5 de enero de 2012

Miradas que rozan corazones I.


Sentía frió y sus manos se sentían torpes. ¿Grados? Los mismos que días atrás, cuando sus dedos aún tenían la total custodia de cada uno de sus movimientos. ¿La sensación de frío? Mil veces mayor, aún con la misma ropa de abrigo, mil veces mayor. Pero la explicación es más bien sencilla, fácil de entender aunque algo más complicado de comprender. Solo nervios, provocados por los fogonazos del recuerdo, los cuales acometían una y otra vez en forma de entalladas hacía sus propios labios. Una pequeña desesperación crecía vagamente en su interior y él sin darse apenas cuenta, pues sus pensamientos se centraban en la silueta que dejaba entrever las cortinas color beige.

      No se trataba de un chico cualquiera, tenía una peculiar forma de ser, algo que le hacía sentirse de alguna forma especial al resto. Siempre pensó que fue bueno, pensó, puesto últimamente le provocó más de un dolor de cabeza. Entre muchas de sus pequeñas manías, una un tanto especial, era la de no pisar los bordes de la losas  que conformaban el suelo, como si se tratasen de algún tipo de hojas de acero que cortarían su pie. Manía que una vez más, cumplió minutos antes de plantarse frente a esa puerta, mientras caminaba centrado en revivir sensaciones que hacía años se presentaron en su vida.
 
      Sabía que lo que pudiera encontrar tras esa puerta como mínimo despertaría en él curiosidad, pues ya lo hacía. Tras leves segundos observando el panorama que se le presentaba, se decidió a comprobar lo que en apariencia no debía importar tanto. No debía. 

      Sus manos, esas que ya no sentía parte de su cuerpo, se dirigieron sin pausa pero sin prisas hacia el picaporte. Casi, la puerta se encontraba cerrada con llave. Siguiente opción, llamar al timbre. De nuevo se tomó los segundos necesarios para conseguir en sí mismo la armonía. Y con un suave pero decidido "toque" pulsó el timbre. Pasos, risas, y alguna que otra palabra de la que sólo sílabas salteadas conseguían llegar a sus oídos. Eso fue lo que escuchó, lo necesario para calcular el tiempo que separaba su presente de su futuro inmediato. Unos 7 segundos más.

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