Quería saber de aquello. Así que me fui a asomar agarrándome con las manos al marco de esa ventana casi opaca por todo el polvo que había acumulado con el paso del tiempo. Me lo esperaba tal y como sabía que no quería encontrarlo y a la vez, seguro de que así sería, fue. Con la cabeza en mil y un sitios a la vez, conté hasta tres, sí, conté hasta tres unas cinco o seis veces seguidas. Era duro joder. Pero lo hice, alcé la mirada y fui subiendo de poco a poco hasta que encajada en su marco, la ventana quedó fijada.
Una sensación de paz inmensa se apresó de mí. Al contrario que en el ambiente sórdido que me veía envuelto en aquella habitación, de una sola ventana orientada al pasado y una puerta infranqueable en las antípodas de la habitación, ahí fuera todo lucía diferente. La hierba cubría cada palmo de terreno, la brisa fresca, aquella luz que iluminaba todo... me recordaba ahí, cuando todavía mis pies eran capaces de pisar aquel lugar sin rendir cuentas a nadie.
Justo y cuando una lágrima se hizo lo suficientemente pesada para afrontar la caída, comencé a recordar detalles de aquel lugar de memorias tan idílicas.
-¿Porqué acababan mis pies llenos de finos cortes y heridas? Si, parece que ya recuerdo... ¡la hierba que crecía era de plástico!
-Y, ¿cómo es que incluso en meses de verano al igual que el resto del año tuviese dolor de garganta?... ¡La maldita brisa no era más que el movimiento de las aspas de un ventilador!
-No me digas más... aquella luz a modo de Sol... aquella luz era una simple bombilla de gran potencia atada mediante una alargadera al extremo de una grúa, que a su vez tomaba forma de árbol. Y los rayos en invierno eran simples chispazos provocados por la lluvia que caía sobre ella. Y ni rastro de nubes eh.
Que bien se veía todo desde aquella ventana alejada del falso paraíso. Donde esos andan ahora dando saltos de alegría y cantando canciones alegres me encontraba yo. Pobres que padecen dolores de los que no llegan a conocer el porqué.
Fue entonces cuando sentí que todo era suficiente. Con aires de humilde victoria bajé de nuevo la ventana, dejé deslizar mi espalda sobre la pared hasta tocar el suelo y me prometí no volver a mirar tras ella. Mi hogar no era gran cosa, ni mucho menos de apariencias tan increíbles como las que acababa de ver, pero era real y eso me bastaba.
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