Se hacía difícil eso de caminar con las puntas de los pies clavados al frente y la frente clavada en el andén. Vendrá, seguro que lo hará, hasta entonces siempre lo hizo. ¿Por cuánto? Y quién diablos seré yo para saberlo. ¿Y tú? Mejor ni contesto. Tú siempre de posibles, de sombras y de pedazos, aunque no los suficientes. Con la cabeza en el pecho y la mirada en llamas, las del infierno. Yo tan de calor y siempre enamorado del frío. Ella tan moradora de corrientes.
En escarcha llevo la sangre cada vez que se acerca la hora, el día, el mes en el que deja ver sus ansias por venir. A veces ella, ingenua, ni baraja la posibilidad de aparecer por aquí, y otras en cambio hasta yo me contagio de ese pensamiento. Pobres. El tren siempre espera, y en estos tiempos si pierdes uno tan solo queda esperar y pillar el siguiente. No era ese el problema. Quizás eran los destinos, pero sin el quizás. Y los destinos, ambos eran el mismo punto de partida.
Siempre acudía caminando, preciosa como sólo ella sabe serlo, y sin apenas equipaje. Y entre ese escaso equipaje un pequeño sobre lleno de colosales palabras. Palabras que iba fusionando con su ser mientras las recogía entre parada y parada; a veces más, a veces menos. Siempre volvía a dejarlas de nuevo en las bocas donde fueron pronunciadas.
Las predicciones se cumplieron; allí estaba, sonando como aquella perfecta melodía que sobresalía entre tanto puto ruido. De tonos sutiles, de timbre variantes y de voluntad infranqueable; sólo podía ser ella. Y digo si lo era; entre la multitud que por inercia dejaban a sus espaldas la estación nº10, la penúltima, sus pasos de escasa firmeza no hacían más que tropezar, y bien, no por ello perdían elegancia.
La vida cambia y sus circunstancias también, a veces para mal, a veces para bien. A saber para que bando se decantaría éste; no portaba el sobre, ese que no dejó de traer las innumerables veces que acudió a este lugar. ¿Que significaba? ¿No viajaría esta vez como de costumbre?
A través de los altavoces de la estación se anunció la salida inminente del tren, y ella seguía ahí, mirando hacía a mi con aires de preocupación. Si estaba dispuesta a viajar debería ser en la siguiente salida, la última de la tarde.
-Sé lo que estás pensado -me dijo mientras miraba la hora. Se hizo tarde, más que nunca y como ves, no compré billete ni traigo conmigo el sobre.
·Pues si no te miento si, y aun queriendo sería imposible pues me conoces como ni yo conseguí hacerlo. La verdad, me extrañó que no lo llevarás encima. ¿Debo preocuparme?
-¿Debes preocuparte? Si fuese tú, lo haría.
Esas palabras ahogaron por completo aquella mirada de ternura que le dediqué al encuentro, dejándola en un segundo plano tras mi semblante, ahora pálido.
·Pero... Pero esperé por ti, esperé como siempre con deseos de disfrutar de nuestras palabras y de tenerte junto a mí -conseguí al fin expresar entre balbuceos.
-Tranquilo, eso lo sé. Dije que si fuese tú me preocuparía, porque siempre quieras o no, lo haces. Al igual que sé que jamás acabarás con tu fea costumbre de dejarte guiar por las apariencias. ¿Ves que no llevo sobre? ¿Ves que tampoco fui con prisas para entrar a tiempo al tren? Claro que lo ves, y ese es el problema, sólo ves aquello que puedes ver y el miedo se encargar del resto.
Mi corazón ya no aguantaba más. Mi garganta no hacía más que engullir oleadas de palabras sin sentido, y sorprendéntemente algo atrajo completamente mi atención y concentración. Esta situación era clave en mi vida, eso sin duda.
·Yo... yo sólo...
-Eres único. Si no traigo nada de eso, es porque se acabó. Se acabó el ir de un lugar a otro con mil palabras encadenadas a mí, palabras que sin hechos que las sostengan solo me acarrean más y más peso con el que tirar. A partir de ahora no habrá palabras que no sean las tuyas, las nuestras, las que se pronuncien a modo de voz del corazón a través de nuestros labios. Nada de recuerdos, nada de trofeos o sueños.
Nuestro sueño será la realidad y nuestros recuerdos serán acompañantes de nuestro caminar.
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