jueves, 19 de abril de 2012

Dualidad.

"Chico, ya accionaron el gatillo, ¿Listo?". Quizás sea esta frase síntesis del fin de la vida en sí, ésta formula preguntas, si, pero siempre de forma retórica. Se la escuché decir una vez a cierta persona de la que ya, por estos tiempos, poco más de la calidez de sus manos recuerdo. 

      Una vez más llegó el momento. Conocía bien lo que se avecinaba, todas aquellas balas disparadas a lo lejos acabarían incrustadas en el mismo puto punto de siempre, en mi sien. Recuerdo los primeros impactos. Iluso, me protegía con mis débiles manos aferrándome a una idiota sensación de seguridad, comparada a la de un niño asustado alzando muros de sábanas sobre sí. Durante tiempo indefinido, que sin miedo a errar me atrevo a decir que fue más de vida y media, aquella libretaganaba en peso y perdía en espacio, contenía cada vez más y más tinta empleada en la redacción de aquel sinsentido. Éste ya más que comprobado bajo mi piel, sólo era cuestión de encontrar las palabras para poder apresar esa sensación en las pocas líneas que algún día me permitieran recordar en que dirección se erizaban mis bellos al sufrir tal cañonazo. 

      No era sencillo eso de existir con cierto balazo cada cierto tiempo sin aparente posibilidad de cambios. Me encontraba exhausto. Alzando gritos ante aquella colosal cúpula que no hacía más que volar kilómetros permaneciendo siempre en ese tan precioso como preciso lugar. En ella no se proyectaban sombras, se creaban. Sentía una sintonía extraña que nos unía donde las palabras quedaban fuera de lugar. Durante el tiempo que habité en aquella paradoja, extraño era el día que no era cegado por aquellas raíces tornadas oro que se trazaban efímeras sobre su descomunal lienzo. Cúpula siempre gris, siempre oscura, siempre muda. 

      Inmerso en inigualable bucle, mis ojos no podían ver más allá de lo que el ayer me iba narrando. Y bueno, el mañana también, al fin y al cabo que más da, en esa situación el espacio temporal no se concebía como tal, era inútil, inexistente. La única decisión, dentro de la invariable corriente por la que era arrastrado, consistía en dar la bienvenida a aquella bala a mi sien con los ojos abiertos o cerrados.

      Con más pena que gloria mis días iban transcurriendo, y yo acudiendo a ese lugar donde dios me citó con mi sino. Mis piernas caminaban sin vacilar, paso tras paso hacía aquella muerte sin paz, millones de veces muerto habiendo nacido una sola, maldita locura. De nuevo un hasta pronto deseado tornar en, al menos, hasta nunca.



 
      En una de esas pocas horas que estaban en mi haber planeadas para descansar, ciertas palabras invadieron  mis pensamientos. Recordé de nuevo esa frase y en mi frente una sensación de calidez me trajo aquellas manos del pasado por momentos. Al fin se manifestó algún atisbo de cambio. Recorriendo el camino que vagaba ya por inercia, mi mente recorría diferentes sendas. No concebía el hecho de estar y no ser, el querer y el no poder, todo esto debía tener oculta alguna vía de escape, alguna solución.

      El estático ir y venir de los acontecimientos comenzaron a afligirse desde que ese sueño hizo acto de presencia. En la bala se observaba una desviación de apenas unos centímetros hacía la derecha, suficiente para llenarme de esperanza de esquivarla algún día y la cúpula se llenaba de tonos verdosos, contagiada ahora por mi alma esperanzada. 

      Con la tranquilidad del cenit color esperanza, se conseguía tener una visión mayor de todo lo que me rodeaba. El arma permanecía ahí, pero ahora alcanzaba a ver quién la sostenía entre sus manos. Viendo mi situación pocas cosas podían ganar en complejidad, pero si existía alguna, claramente ésta era una. Él era yo. Yo era él. Éramos. 

      La única detonación que se produjo en esos instantes fue la de ambas miradas con más poder de destrucción de cualquier bala. El arma cayó al suelo, junto a sus almas. Era él en si mismo la paradoja, eternos cazador y presa. Ese universo, el de los inciertos, se vino abajo. Cual fino cristal, la cúpula estalló en millones de ínfimos trozos que segaban con dureza todo aquello que siempre abrigó con increíble sutileza. 

      Segundos antes de ser atravesados por miles de agujas etéreas, ambos intercambiaron una mirada repleta de compresión y algunas palabras que sellaron el acabose: "Necesitamos de nosotros mismos".

No hay comentarios:

Publicar un comentario