Eran tiempos marcados por el frío acero de las espadas y la falsa seguridad de los escudos. Por caballeros que portando el estandarte de su reino con orgullo, silenciaban las leyes con el blandir de sus armas. Siendo las guerras el mal que no dejaban indiferente ni al más acomodado señor, menos de ellos aún, llegarían a imaginar que pronto dejarían de ser éstas una cuestión prioritaria... Habitantes de sombras de murallas en las cuales las normas estaban en sintonía con las idas y venidas del astro rey. En una dimensión contraria a la que el resto de devenir de las circunstancias cotidianas, se encontraba él. Comenzaba y cerraba una única categoría. No existía nada similar, por suerte para todos.
Ansiaban con el mayor de sus deseos que su única preocupación se convirtiera en estos días en las que antaño les llenaba de tristeza. Guerras. El encendido de todos los candiles situados en cada calle de la ciudadela era el juez dictador de poderes. Llegaba su momento, sin duda. Momento también para que aquellos rezagados que imprudentemente aún no disfrutaran del calor y la seguridad de sus hogares, se apresurara sin demora a refugiarse. Al unísono se escuchaba como puertas y cerraduras eran echadas en todas y cada una de las casa. Ventanas cerradas a cal y canto. Y para destrozar sombras, en el interior brillaba la solitaria luz de las fogatas que mantenían caliente la atmósfera en el que era aquél, el peor de los inviernos jamás presenciado.
Sobrevolando a ras del suelo todos aquellos reinos como si les perteneciera. Reinos que eran suyos sin llegar a serlo. Pues no importaba lugar, la tímida Luna siempre era merecedora de su propio tiempo, y él marcaba su compás. El Rey de sombras y noches. Su jurisdicción quebraba las fronteras de un misero papel firmado y lo que diablos se dijese en él. Veloz y temerario, no existía metro de tierra que se librase de ser víctimas de su furia, locura y su corrompido corazón. Atrapando a todo aquél que formara parte de su mirada y privándole por azar de alguno de sus sentidos. Así, cada vez mayor era el número de población afectada. La mayoría de ciegos, se perdían en los bosques cercanos y acababan siendo pasto de lobos. Otros afectados caían en la mendicidad, o simplemente tomaban el camino fácil; el suicidio. De esta única manera conseguía realizar su peculiar concepto de felicidad.
Nadie conocía su origen. Voces ignorantes hablaban sobre su supuesta historia, algunos decían que se trataba de un alma en pena que nunca recibió una sonrisa sincera, y su corazón se tornó sombras desde entonces. Otros involucraban al rey, diciendo que fue el hijo secreto que engendró con su esclava, a la que poco después de que ella amenazase a éste con decirle a su esposa lo ocurrido, la arrastró una noche hacia las montañas junto a su hijo y les arrojó a las llamas. Supuestamente desde entonces recorría el camino de vuelta cada noche para obtener venganza.
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